¡Dejemos de generar etiquetas

¡Dejemos de generar etiquetas

¡Dejemos de generar etiquetas 699 378 David Canteros

Sabemos que las etiquetas limitan, condicionan, predisponen y generan cierto impacto en nuestras relaciones. Sin embargo no podemos dejar de etiquetar, somos compulsivos creadores de etiquetas en todo contexto, donde nuestras organizaciones no escapan de ello. El optimista, el desconfiado, el raro, el alegre, el permisivo, el competitivo, el analítico son algunas de las tantas etiquetas que quizás hemos escuchado. Si percibimos que estamos bajo este escenario, es momento de darle otro sentido.

Empecemos por nosotros, tal vez no nos dimos cuenta pero es muy probable que tengamos alguna que otra etiqueta pegada en nuestra frente.

Tomemos como base algunas preguntas, ¿Cuáles creés que son realmente tus etiquetas? ¿De donde consideras que surgen?. Sin ir más lejos, algunas de estas respuestas podrían realmente sorprendernos. Estas etiquetas que “heredamos” están ahí condicionando nuestras relaciones e inclusive nuestras conversaciones.

Las etiquetas que tenemos están ahí pegadas en nuestra frente, aunque nosotros no las veamos están ahí visible para otros iluminando cada paso que damos.

Así como nosotros tenemos etiquetas también somos generadores, asignamos etiquetas a otros sin darnos cuenta. Impactando en nuestra forma de interacción, y limitando también posibilidades.

Pero ¿Cuál es el propósito de etiquetar a las personas? ¿Para qué etiquetamos?. No se si hay una respuesta única a esto. Considero que en un mundo en el que buscamos controlar la complejidad de las personas y sus interacciones, nos apoyamos en la necesidad de contar con “certezas” para sentimos cómodos, clasificando de esta manera ciertos comportamientos.

Una forma de control de nuestras relaciones es etiquetar a las personas. Con esa etiqueta generamos nuestras respuestas como si fuéramos máquinas programadas.

Simplemente nos enseñan ciertos conceptos o definiciones, sin ir más lejos observamos en nuestros colegas dos o tres patrones que más o menos condicen con alguna de estas definiciones y con eso etiquetamos. Nos sentimos cómodos haciendo eso, porque nos dan una condición base para relacionarnos desde una “mayor certeza”.

Si “sabemos” que alguien “es analítico” por decir algo, nos predisponemos a actuar de tal manera que nuestras preguntas, nuestro contenido, nuestras posibilidades rodean este concepto. Las etiquetas condicionan y limitan, en muchos equipos hasta genera “silencio”.

Incluso si una etiqueta viene acompañada por un mensaje de poder, suele tener peso de “verdad”, verdad que nace desde la autoridad. Entonces las etiquetas tienen tanto poder que nos auto-convencemos que actuamos o somos eso, reduciendo nuestra capacidad de tomar otras alternativas o dar respuestas distintas.

Cada uno de nosotros aporta en la generación de etiquetas, muchas de estas clasificaciones son construcciones basadas en experiencias propias, en nuestra forma de ver el mundo.

Podemos considerar a las etiquetas en nuestras relaciones como “el elefante blanco en la sala”, todos lo ven, todos saben que están ahí pero nadie hace nada para sacarlo. Quizás sea un buen momento de conversar sobre ello. Aunque a veces me pregunto ¿Que pasaría si la única etiqueta visible en cada paso que damos fuera sólo nuestro nombre?